Ya en la tarde de ayer la mayoría de los periódicos destacaban el momento critico por el que estaba pasando el tenor de Modena mientras nos informaban de la concesión de un reconocimiento, por parte del gobierno italiano, casi en artículo mortis. Todo indicaba que el fatal desenlace estaba próximo y hoy, al despertar y escuchar por la radio los compases de Turandot, comprendí que Pavarotti había muerto. En esos momentos vino a mi memoria una anécdota, haciendome de nuevo sonreír al recordarla, en el trascurso de una entrevista televisada, creo que grabada en Nueva York, donde el tenor italiano impartía unas clases magistrales a unos jóvenes interpretes, mientras el entrevistador repasaba la vida y la carrera del genial cantante, le preguntó cual había sido el piropo que más había agradecido de los innumerables que había recibido a lo largo del tiempo, y sin dudarlo y con su natural simpatía y su oronda personalidad e interpretando la escena con franca sonrisa y el sincero brillo de su mirada, contó como en una importante vía comercial de una gran ciudad, caminando entre el gentío, alguien con prisa y cargado de paquetes, tras tropezar violentamente contra él se volvió y se disculpó diciéndole: "Perdone, no le había visto." Creo que esta pequeña anécdota resume de algún modo el carácter y la personalidad de Luchiano Pavarotti.
Puede que a las cinco de esta madrugada y, sin que nadie durmiese en aquella casa de la Toscana, imaginariamente ataviado de Calaf, entonase para si:
Dilegua, o notte! Tramontate, stelle!
Tramontate, stelle! All´alba vincerò!
Vincerò! Vincherò!
